PRÓLOGO

No tuve una infancia fácil ni un entorno familiar que pudiera servirme de guía. Hubo carencias, mal ambiente y ausencias que, con el tiempo, entendí que no deberían formar parte del crecimiento de ningún niño. Durante años pensé que eso me había dejado incompleto, sin referencias claras.

Sin embargo, aunque no tuve los referentes adecuados donde se suponía que debían estar, nunca dejé de buscarlos. No sabía qué necesitaba ni cómo llamarlo, pero incluso en los momentos más confusos había algo dentro que permanecía intacto: una especie de centro desde el que observaba el mundo y a las personas que lo habitaban.

Y fue desde ahí desde donde empecé a reconocer a quienes sí podían enseñarme algo. En este libro cuento como fui creciendo desde niño en los años 80 y sucesivos años, mientras iban apareciendo esas personas especiales.

Que no eran familia, ni héroes, ni salvadores sino personas normales, a veces incluso imperfectas, que sin proponérselo dejaron una huella profunda en mí. No me dieron discursos ni recetas, pero me ofrecieron algo mucho más valioso: ejemplo, gestos, presencias. Supieron estar de la forma correcta y con ellos pude crecer.

Si has tenido una infancia estable, quizá estas páginas te ayuden a comprender mejor a quienes no partieron del mismo lugar. Y si creciste sin un referente familiar sólido o te paso algo, tal vez aquí entiendas el valor que puede tener un maestro de vida cuando más se necesita.

Este libro no es un ajuste de cuentas ni un manual de superación. Es un reconocimiento personal a quienes, sin saberlo, me ayudaron a crecer, cuando crecer parecía un acto solitario. A ellos les debo muchas cosas, y una en especial: el nombre de este libro.

Ellos son
mis Maestros de Vida.